1
Aunque no era la calle principal del barrio, sí era la más alegre. Hacía diez años que esa urbanización había sido ocupada por sus propietarios y desde entonces mostró ese carácter festivo. Los dueños no pasaban de los 30 años y el promedio de la familia era de 5 personas como también eran cinco el promedio de edad de la chiquillada. Así que en esos momentos eran la primera generación del barrio.
Al principio muchos suponían que ese compadrazgo de tragos y juegos debajo de los árboles en mitad de la calle, de los platicos de comida que pasaban de una casa a otra, acabaría cuando esos niños empezaran a demarcar su territorio y propiedades, o dar muestra de su carácter. Pero no fue así, tantas parrandas en fechas festivas de calendario, de cumpleaños y de cualquier motivo, no dejaban tiempo para discusiones.
Nunca antes se habían reunidos tantas personas con caracteres tan afines. Pero la dicha nunca es completa, había un lunar en la cuadra. Era la familia Gutiérrez Martínez. Jamás habían discutido con nadie, pero tampoco nunca se les había visto participar en ningún evento o festividad. La casa aún conservaba el diseño original, aunque bien pintada, por lo que contrastaba con la fachada de las demás. Siempre se veía con la puerta cerrada y las cortinas extendidas detrás de las ventanas. Jamás se había escuchado ahí sonido de música. Era la casa más silenciosa del mundo.
De la señora se sabía que era empleada de oficios varios en el hospital municipal, donde trabajaba por turnos rotativos. Cuando salía hacia su trabajo o regresaba de él, saludaba a los que veía con un “buenos días vecino” o “buenas tardes” sin mayor comentario. Era una señora alta y delgada, caminaba un poco inclinada y parecía un poco mayor que sus vecinas, incluso que su esposo. Respondía al nombre de Carmen.
Agustín, su marido, era recordado en la cuadra por los mayores, porque recién mudados se le vio dos o tres veces llegar ebrio del trabajo. Trabajaba albañilería, pero parece que la droga hizo mella en su organismo y desde entonces deambulaba por la casa. Las pocas veces en tantos años que lo vieron salir, por ejemplo a la tienda, parecía no reconocer a nadie, aunque le saludaran.
La pareja llegó con una niña de unos cinco años, Tania. Ella aprovechaba algunas veces la ausencia de su madre para salir e integrarse a los juegos con los otros niños. Cuando su madre estaba en casa se le veía asomada a la ventana viéndolos jugar. Algunos vecinos preguntaron alguna vez a doña Carmen por qué no dejaba que su hija jugara con los demás chicos y aducía que su hija era muy grosera y no quería tener disgustos por eso, o porque tenía una tarea pendiente.
Los años transcurrieron y aquellos juegos de muñecas, carritos y corre que te alcanzo quedaron en la niñez. Ahora los juegos eran de otra índole, las reuniones tenían otros fines, ya no se contaban cuentos de brujas y de vampiros, ni se intercambiaban caramelos, ahora hablaban de chicos y chicas. Brotaban otros sentimientos.
Siendo ya una adolescente, Tania poco a poco estaba cambiando la costumbre de su casa de vivir aislados.
Esa familia nunca había pedido un favor a ningún vecino, y en esas circunstancias, nadie nunca se atrevió a solicitarles uno. Pero Tania creció y se convirtió en una agraciada señorita. También había avanzado en sus estudios y ya su señora madre no podía ayudarle en sus tareas escolares. De manera que por ese motivo, la puerta de la casa de la familia Gutiérrez Martínez poco a poco se fue convirtiendo en el punto de reunión de la muchachada de la cuadra, bajo la sombra del palo de mango.
En esas reuniones habían comentado que en ese año empezaban a festejarse varios quinceañeros en la cuadra y uno era el de Tania. En tres meses se celebraría el primero y Tania había prometido que asistiría. De manera que la chica empezó a dialogar frecuentemente con su madre para convencerla de que la dejara ir al quinceañero y que le festejara el suyo. Esas charlas fueron acercando cada día más a madre e hija.
Ambas habían caído en la cuenta que algo había cambiado, que sus conversaciones ahora eran más amenas e interesantes aunque fueran temas insulsos, pues parecían conversar de mujer a mujer y no como antes que solo era hacer y responder preguntas.
Un tiempo después de estar haciendo esas charlas con su madre, Tania creyó oportuno hacerle una pregunta que por tantos años se abstuvo hacer por temor a un ripostón. Pero dada esa familiaridad actual se animó hacerla.
-¿Mami, puedo hacerte una pregunta muy íntima, muy particular?
Doña Carmen sonrió e interiormente se puso muy contenta. Realmente algo había cambiado entre ellas.
Ahora podría hablar con su hija de esos temas que los padres siempre esperan tratar con sus hijos. Temas que los padres no pueden explicar a pesar de haberlos puesto en práctica tantas veces, pero que los hijos conocen al dedillo y se mueren por ponerlos en práctica.
-Está bien hija ¿De qué se trata? Preguntó toda sonriente.
-Mami, de nosotros, de nuestra familia.
-Qué pasa con eso, no veo que tengamos nada malo.
La sonrisa había desaparecido y a pesar del rostro descompuesto que ahora mostraba, Tania se atrevió a preguntar.
-¿Por qué siempre hemos vivido así, aislados del mundo?
Doña Carmen se exasperó y explotó.
-¡Qué tiene de malo que vivamos así, yo soy sola y tengo que velar por usted y por su padre!
-Pero no se moleste, yo sólo quiero saber por qué papá es así.
-¡Bueno, ya basta! Eso me pasa por estar intimando con usted ¡Váyase a su cuarto!
Tania dio media vuelta y más ofendida que asustada se fue a su cuarto. Doña Carmen se dirigió a la cocina, se paró en la ventana y fijó la vista en el patio sin ver nada en particular. Un par de lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
2
Al día siguiente cuando Tania regresó del colegio, ya su madre había salido para el trabajo. El almuerzo estaba en la mesa. En la mañana cuando ella salió para su colegio preparó el desayuno para todos y dejó el de sus padres servidos en la mesa. Era una costumbre puesta en práctica durante mucho tiempo. Se sentó a almorzar y observó a su padre en el cuarto. Igual que siempre, parado en la ventana mirando lejos, en una rutina interminable de la cama a la ventana, de la ventana a la mecedora y de ahí a la cama, día tras día, año tras año. Ahora recordó que eran muy pocas las veces que había hablado con su padre, solía hacerlo cuando niña pero por esa actitud de él, optó por no incomodarlo.
-Va a penar en esa ventana. Siempre la misma actitud, como si esperara algo o a alguien. Pero a quién, si él no tiene a nadie ¿Sería así también el Coronel de García Márquez? Voy hablar con él, quizá me informe algo. Ensartó un resto de carne en el tenedor y se dirigió al cuarto de sus padres. Se acercó a él, al pie de la ventana.
-¡Hola, apá!
-Humm
-¿Qué haces? ¿Qué ves por ahí?
-Humm- gruñó otra vez sin inmutarse.
-Ven, quiero hablar contigo.
Lo tomó del brazo y con algo de resistencia por parte de él, lo llevó hasta la mecedora. Ella se sentó en el borde de la cama. Echó una mirada a su alrededor. Hacía mucho rato no entraba en ese cuarto.
-Pá ¿Sabes qué día es hoy?... ¿No?
El papá se recostó en la mecedora y fijó su vista en el techo.
-¿Sabes que este año cumplo mis quince años?
No contestó. La chica se paró y se dirigió hacia la puerta.
-Buen intento Tania- se dijo.
Antes de salir miró arriba del escaparate. Se acercó y examinó el bulto. Abrió la bolsa negra y miró.
-Un radio.
Tomó el bulto y fue a la mesa del comedor mientras pensaba en voz alta.
-Hace mucho tiempo que estoy pasando por alto muchas cosas. Tal vez soy yo la que vive aislada del mundo.
Sacó el radio de la bolsa y le sacudió un poco el polvo.
-Esto es más viejo que cocó ¿Sería de mis abuelos o de Simón Bolívar?
Lo enchufó y lo prendió. Esperó y como no sonó se acercó por la parte posterior y al ver varios foquitos prendidos corrió y lo apagó.
-¡Se está quemando! ¿Pero, por qué no huele a quemado? ¿Será que funciona así?
Nuevamente lo enchufó y esperó un rato. No pasó nada ni salió humo. Fue al frente, giró una perilla y entró una emisora. El volumen estaba abierto y ella dio un brinco del susto; nunca antes había oído ese tipo de sonido en su casa. Giró el otro botón y bajó el volumen. Quedó maravillada.
Aunque la melodía que sonaba era vieja, ella desbordaba de emoción. Sin darse cuenta empezó a contonear su cuerpo hacia la sala al compás de la música. Se paró frente al espejo de cuerpo entero que había ahí, tan viejo como el radio. Se veía y giraba hacia la izquierda, se miraba otra vez y giraba entonces hacia la derecha. No aguantaba la emoción. Se agachaba, se empinaba, metía sus manos por debajo de la nuca y abría su cabellera. Reía. Nunca había ido a un baile pero sabía menear su cuerpo cadenciosamente. Eso lo había practicado muchas veces en su alcoba cuando los vecinos ponían sus equipos de sonido a alto volumen. Al menos sabía bailar sola. Al rato notó que la música, aunque variada, era vieja.
-Parece que esa emisora es propia para este radio-
Llegó hasta el aparato e intentó cambiar de emisora pero la aguja no se movió. Miró bien y observó una cucaracha disecada atorada entre el vidrio y la aguja del dial.
-Bueno, parece que mi abuelo lo dejó sintonizado ahí-
Estaba entretenida en eso cuando entró la mamá. Por su alegría no se había dado cuenta que la tarde transcurría.
-¡Bueno niña, usted qué, se ha vuelto loca!
-¿Qué pasa má, qué tiene de malo?
-¡Todo, a quién le pidió permiso!
Desenchufó el radio, lo metió en la bolsa y cuando se dirigía al cuarto ambas se dieron cuenta que Agustín estaba parado en la puerta del cuarto. Jamás lo había visto ahí. Dio media vuelta y se metió, ella lo siguió con radio y todo. Tania se marchó a su cuarto también.
3
Al otro día, sábado por la mañana, Tania sacó una silla y se sentó frente a su casa debajo del palo de mango. Intentaba leer una revista pero no podía concentrarse y pasaba hojas tras hojas. Al rato llegó David, un vecino que vivía a dos casas de ella.
-¡Hola, Tania!
-Que tal David.
-¡Ey! y esa cara. No te ves muy contenta.
-No, nada. Aquí aburrida.
-¿Y por qué? Ayer estabas muy contenta. A propósito, todos nos asombramos ayer al escuchar música en tu casa ¿Eras tú quien oía radio?
-Sí, era yo.
-¿De veras? Cuéntame, cómo fue eso.
Y la chica comentó al muchacho lo del asunto del radio y lo feliz que se había sentido esa tarde.
-No entiendo la actitud de tu mamá, pero supongo que tendrá sus motivos.
-David, tu mamá siempre me ha parecido una persona muy seria y respetuosa. Me gustaría hablar algo con ella ¿Tú crees que me atendería?
-Seguro, mi vieja es muy chévere, camina y hazlo ahora. En estos momentos no está muy ocupada.
Entró la silla, cerró la puerta y salió con David.
-¡Hola, Tania! ¿Cómo estás mija? Siéntate.
-Bien, señora María. Gracias. He venido a visitarla porque necesito hablar con usted algo muy personal y también privado ¿Nos disculpas David?
-¡Oh! Sí, claro. Voy a dar una vueltecita.
-Muy bien ¿De qué se trata muchacha?
-De mí, de mi familia. Escuche, ayer me sucedió algo...
Y la chica narró a la señora lo que ya había comentado al hijo de ella referente al asunto del radio.
-... y como usted fue la primera persona que llegó al barrio pienso que debe saber algo sobre qué pasó con mis padres que los llevó a que vivamos así, enclaustrados.
-Bueno, si tú deseas saberlo te contaré hasta donde yo sé. Escucha. Ustedes se mudaron al barrio un martes tres días después que nosotros. Fueron los cuartos en llegar a esta cuadra. El sábado por la tarde, tu papá estaba tomando sentado frente a su puerta. Los otros tres señores que vivían en esta cuadra pasaron por ahí y él los invitó a sentarse y a tomarse unos tragos. Un rato después salió tu mamá y discutió con él y se entraron. Los otros señores se fueron muy apenados. Hasta acá se oían los gritos de la discusión. Ese incidente pasó. El sábado siguiente ocurrió algo parecido. Tu papá tomaba en la puerta escuchando música. Uno de los vecinos pasó y se excusó con él porque le urgía llegar a su casa. Los otros dos aún no habían llegado. Tu mamá llegó del trabajo y enseguida empezó la discusión con tu papá. Ella le apagó el radio y por eso se formó un peloterón allá dentro, incluso se escuchaba la voz de tu abuela bastante alterada. Desde ese día empezó el tipo de vida enclaustrada, como dices tú, en tu familia. Ocho días después murió tu abuela.
Pasó algún tiempo y las pocas veces que veíamos a tu papá estaba así como ahora. En algunas ocasiones se para en la ventana y dura horas en la misma pose, otras se le ve la sombra caminando de un lado para otro del cuarto como animal enjaulado. Se tejieron comentarios acerca de su estado. Unos dicen que le dieron un trago malo, otros que se pasó de drogas, e incluso, que aún mete drogas y también se escuchó que le echaron una maldición. Eso porque se supo que tu abuela era una espiritista.
Tania solo escuchaba, tal parecía que su mente andaba por otros rumbos. Bruscamente se paró de la silla como si hubiera recordado algo urgente.
-Gracias, señora María. Ha sido muy gentil. Con su permiso, luego le visitaré otra vez-. La señora María la vio alejarse con mucha prisa.
Tania llegó a su casa y entró al cuarto de sus padres. El señor Agustín estaba parado al pie de la ventana con la mirada perdida en la lejanía, la muchacha lo vio e intentó hablarle pero se contuvo. Se llevó el dedo índice a la boca e intentaba mordisquearse la punta mientras miraba a su alrededor sin saber qué buscaba.
Enseguida se agachó y empezó a revisar cuanta gaveta estaba a su alcance. Revolvió absolutamente todo y apartó cuatro cosas que le parecieron algo raras: Un álbum de fotografías en cuyas hojas de cartón se veía que habían arrancado las fotos. Un frasco lleno con un líquido amarillento y algo que parecía virutas de madera seca. Una bolsa con muchos estuches de pastillas y un libro muy viejo, de tapas dura de color marrón oscuro y donde se alcanzaba leer a contraluz “Conjuros”, pero sólo aparecía la n y ros, a las demás letras se les había caído la tinta y sólo se divisaba la marca en el cartón. Recogió estas cosas y se fue a su cuarto.
Una vez ahí revisó la bolsa de medicinas y observó un paquete, lo abrió con cuidado y encontró como una libra de virutas de madera seca con un olor que nunca había percibido. Lo envolvió nuevamente y lo puso a un lado. Ojeó los estuches de pastillas pero de eso no entendía nada.
Abrió el álbum y se preguntaba por qué habían arrancado las fotografías ¿Dónde estarían? ¿Qué fue, que nunca me tomaron una foto cuando niña? Se quedó mirando el libro, lo puso sobre la cama y rozó el borde de la tapa con la yema de los dedos. Fue un movimiento maquinal ¿Será un legado de mi abuela? Pensó. Se decidió abrirlo y quedó asombrada. Todas las hojas habían sido arrancadas, sólo quedaban tres. Se veía que el libro fue una obra artesanal. Las hojas estaban firmemente pegadas al lomo. Eran manuscritas con tinta verde que ya casi desaparecía por el tiempo. Analizó bien la letra, nunca había visto una caligrafía tan linda, casi
perfecta si no fuera por algunos rabitos de tinta que quedaban al levantar la plumilla al terminar una palabra. Leyó mentalmente. Al terminar las tres hojas se rascó la cabeza, no entendía mayor cosa pues algunos párrafos tenían la tinta bastante desvanecida. Dejó el libro a un lado, su madre estaba próxima a llegar. Tomó papel y lápiz y anotó varios nombres de los estuches de pastillas. Luego salió del cuarto una vez guardó todo.
Ese otro lunes cuando salió de clases, se acercó a una farmacia y preguntó al dependiente si podía decirle para qué eran esas pastillas. El tipo tomó el papel y lo leyó, luego miró a la chica y preguntó:
-¿Dónde tienes esas pastillas?
Ella se incomodó un poco pues no esperaba esa pregunta, reaccionó y contestó.
-En mi casa, mi mamá se las compraba a mi abuelo, pero como él ya no está y se le envolataron, quiere clasificarlas- Se sintió sonrojada por la mentira.
-Estas pastillas son antidepresivos muy fuertes y sólo se venden con recetas, previa verificación.
-Ah, gracias- Tomó el papel y salió.
Llegó a la esquina donde acostumbraba tomar el bus.
-¡Hola, “Mango Verde”!
-Hola niña ¿Por qué está sola hoy?
-Porque voy hacer una diligencia.
-¿Va a llevar mangos?
-Sí, pero antes quiero mostrarte algo para que me digas qué es.
Abrió un libro y tomó con la punta de los dedos las virutas y las puso en la palma de la mano del vendedor de mangos. El tipo miró y se le abrieron los ojos.
-Huy, mi niña, la propia. La canabis celestial ¿Y como es eso mi muñeca?
-Cálmate mango verde. Yo me encontré una papeleta ayer en el bus y sabía que tú me dirías qué era.
-Pero si la niña no ha terminado el bachillerato y ya parece psicóloga.
-Mañana te la traigo. Chao.
Tania llegó a su casa, almorzó, se reposó e hizo sus tareas. Luego fue a su cuarto y sacó el libro y empezó a leerlo muy detenidamente. La primera hoja era el final de un conjuro para retener a la persona amada, la segunda hoja era “La Maldición de la Virgen” y como deshacer este conjuro.
La parte de la maldición estaba totalmente ilegible, el tiempo había evaporado la tinta, en la segunda parte que se refería al conjuro sólo se alcanzaba a interpretar fragmentos que indicaban como deshacer el conjuro. Un párrafo decía:
“… colocar el trébol de olivo… equidistante de la luz… rociar el… de sol. Tomarse de las m… el afectado, quien hace el conj… y el testigo.
Tania aprovechó que estaba desocupada y esa misma tarde se dirigió a la parroquia del barrio que quedaba a tres cuadras de su casa. Pensaba que tal vez el cura le ayudaría a descifrar el fragmentado conjuro. Llegó faltando diez minutos para las cuatro de la tarde, sería la primera en la lista de atención al público. De una a cuatro el cura disfrutaba de su santa siestecita. Ya eran tres en la cola de espera cuando le invitaron a seguir. Entró un poco nerviosa pues aún no sabía cómo exponer su inquietud. Sin embargo, el cariñoso saludo del cura y su jovial sonrisa la sosegó un poco.
-Buenas tardes, hija. Toma asiento y cuéntame qué te trae por aquí.
-Gracias, padre. Es usted muy atento. Acabo de darme cuenta que no me es fácil expresarle mi idea.
-Serénate un poco. Si quieres tomar algo…
-No, gracias. Así está bien, padre. Verá usted, estoy interesada en averiguar por un conjuro llamado “La maldición de la Virgen” y pensé que usted por sus estudios teológicos pudiera saber algo al respecto.
Ambos quedaron en silencio. El cura se llevó un puño a la boca como tratando de apagar un bostezo que insistía en tomar vuelo y que le recordaba que por el calor no había hecho su siesta completa.
-Bueno, hija. Verás… – No pudo más, giró su silla y liberó un largo bostezo- Disculpe señorita.
La chica sonrió y agachó la cabeza. El cura no supo si el gesto de la joven lo disculpaba o si era ella la apenada. Él continuó.
-Como iba a decirte, yo conozco muchos conjuros tanto para las vírgenes como para otras cosas pero nunca oí de esa. “La maldición de la Virgen”. Qué raro, con ese nombre debería ser muy conocida. Una virgen echando maldiciones.
La chica colocó un pedazo de papel sobre el escritorio enfrente del cura que lo tomó y lo leyó.
-No tengo ni idea y así fragmentado como lo veo será difícil descifrarlo.
La joven recogió el papel y salió. El cura quiso decirle que se esperara pero un bostezo más intenso se lo impidió.
Aún tenía tiempo, así que de la parroquia salió directamente hacia un café Internet. Su propósito era despejar su inquietud esa misma tarde. Navegó casi una hora y nunca imaginó que encontraría tanta información acerca de rezos, conjuros, maldiciones, hechizos, brebajes, etc. Pero de La maldición de laVirgen, nada de nada. Se fue a su casa muy desilusionada pero con la firme determinación de hablar con su madre.
En la noche esperó que su mamá cenara y reposara viendo un programa de televisión.
-Mami, ven. Acompáñame a mi cuarto, por favor.
-No puedes contarme aquí ¿Pasa algo malo?
-No, nada. Ven.
Tania había organizado sobre su lecho las cosas que sacó del cuarto de su madre.
-¡Esto qué significa! ¡Quién le dio permiso! ¡Cómo se atreve a curucutear mis cosas!
-¡Un momento, un momento mamá!- Dijo la hija mientras se apoyaba en el marco de la puerta como previniendo que su madre se escapara- Quiero que me des explicaciones sobre estas cosas. Desde el principio hasta el final y muy detalladamente. No te aceptaré regaños ni gritos.
Doña Carmen quedó perpleja por la forma tajante y autoritaria como le habló su hija. La presencia de esos objetos y la forma como estaban organizados sobre la cama no dejaban duda de las sospechas de su hija. Se sentía como una niña a quien cogen in fraganti en alguna travesura.
-Está bien, hija ¿Qué quieres que te cuente?
-Todo, mamá. Dime ¿Es mi papá un drogadicto o tú lo tienes así?
-Sí y no.
-Cómo es eso ¡Acláramelo!
-Cuando tu papá trabajaba albañilería consumía drogas, pero no por vicioso sino por necesidad. Esa era una costumbre casi general en ese gremio. Ahora puedes ver en una construcción un carro tanque que por una manguera bombea la mezcla a cualquier piso de la obra, pero antes no era así, la mezcla había que subirla en galones y en el hombro y para mitigar el cansancio ellos se fumaban un tabaco de marihuana o se metían un “perico”. Así podían cumplir con la dura jornada. El problema era que tu padre después de eso, los sábados, tomaba tanto licor que se afectaba y entonces llegaba a maltratarme por cualquier cosa, tuviera la razón o no. La última vez se afectó tanto que quedó así y cuando entra en crisis le doy esos sedantes para calmarlo. Eso es todo.
-¿Y la marihuana que está ahí, le sigues dando eso?
-No, hija. Cómo se te ocurre. Eso es mío.
-¡Mamá…!
¡Epa, un momento! Yo uso eso con fines terapéuticos. Tú sabes que sufro de artritis; cuando me pongo muy mal y para no consumir tantas pastillas, me froto con el líquido de ese frasco. Eso es alcohol con marihuana.
-Está bien mamá. Ahora háblame sobre el álbum ¿Por qué le arrancaron las fotos? ¿Por qué no hay una foto mía?
-El asunto de tu padre me afectó. A veces me deprimía mucho y el recuerdo de esas fotos me afectaba más. Así que las arranqué de ahí, no las boté, las guardé en otra parte.
-Ahora cuéntame del libro de conjuros.
-No, de eso sí no voy hablar.
-¡Ac, ac! Presiento que eso es lo más importante y la causa de haber perdido todos estos años de vida.
-Pero hija, no puedo hablar de eso contigo…
-No hay excusas mamá ¡explícamelo!
-Está bien. Eso tiene que ver con tu abuela, o sea, mi mamá.
-Aja, continua.
Era un tema del cual ella no quería hablar pero ya se había dejado arrinconar por su hija.
-Fue un sábado por la tarde. Tu papá había llegado y tomaba en la puerta oyendo música. Yo llegué y le apagué el radio y lo guardé, ya lo había hecho el sábado anterior. Era preferible que yo pasara por grosera o lo que fuera, con tal de evitar un problema más serio con algún vecino a causa de los arrebatos violentos de tu padre. Así que lo metí a la fuerza y como te puedes imaginar la emprendió conmigo.
Tu abuela fue una espiritista muy famosa y cuando se mudó con nosotros se había prometido no ejercer más como tal. Nadie se había enterado de quién era ella. De modo que al ver que tu papá me maltrataba ella quiso intervenir. Él la empujó y estrelló contra un mueble. Desde el suelo lanzó una maldición contra tu papá y desde entonces quedó quieto, así como lo ves. Lo acosté y al día siguiente continuó igual. Hablé con mi mamá y me dijo que no era para tanto, que sólo quería darle un escarmiento. Pero, tal vez por el
incidente, le sobrevino un derramen cerebral, quedó inconsciente y a los cuatro días murió.
Después de todo eso me dediqué a buscar entre sus cosas algo que me ayudara pero ella se había deshecho de todas las cosas sobre su arte. Sólo quedó ese libro y por más que he leído y analizado esos párrafos nunca pude entenderlo y veía como cada vez se desvanecía más la tinta.
-¡Mami! ¿Qué tal si intentamos deshacer el conjuro nosotras?- Interrumpió la chica.
-¡Niña, como se te ocurre! Yo no sé de esas cosas.
-Hagámoslo mami, qué vamos a perder. Yo he estado investigando sobre esa maldición y no he encontrado nada al respecto. Ni siquiera el cura de la parroquia tiene idea.
Acordaron que al día siguiente, viernes, intentarían deshacer el conjuro.
4
Después de la visita al cura y a la sala de Internet, Tania habló con David y le expuso todas sus inquietudes, le mostró una copia de los fragmentos del conjuro y le pidió ayuda en la interpretación, ya que era un experto crucigramista. El muchacho gastó sus buenas horas tratando de descifrar el escrito.
Para ayudarse lo escribió en una hoja grande de papel.
… COLOCAR EL TRÉBOL DEL OLIVO EQUIDISTANTE DE LA LUZ… ROCIAR EL… DE SOL. TOMARSE DE LAS… EL AFECTADO, QUIEN CONJ… Y EL TESTIGO… LA VIRGEN…
LANZ… EL GRITO DE MALDICIÓN.
El viernes en la mañana se presentó David con varias hojas en la mano en casa de Tania. Ella lo hizo pasar y se sentaron a dialogar.
-¿Cómo te fue? ¿Lograste descifrar algo?
-No todo, pero creo que aclaré algo.
-Cuéntame.
-Bien. Estas personas guardan con mucho celo sus cosas, de manera que ese escrito debe estar, digamos, distorsionado o codificado, para que si alguien lo leyera no entendiera nada.
-Eso suena lógico. Comentó la joven.
-Todo el mundo sabe que el olivo no tiene trébol. Esas hojas se dan en matas rastreras y de jardín. Entonces creo que debe interpretarse así:
COLOCAR TRES HOJAS DE OLIVO EN TRIANGULO
Porque dice equidistante a la luz. La única manera para que esas hojas en triángulo sean equidistantes a una luz es que tengan una vela dentro del triángulo que forman. Además, ellos siempre usan velas.
-¡Genial, eso es!
-Luego dice: … rociar el… de sol… Se podría interpretar como permitir que la luz del sol bañe el triángulo, pero si el conjuro es de noche no se podría. Entonces creo que debe ser:
ROCIAR EL TRIANGULO CON AGUA DE SAL
-Genial, genial. Sigue, sigue.
-El resto es más sencillo. Tiene que ser:
TOMARSE DE LAS MANOS EL AFECTADO, QUIEN CONJURA Y EL TESTIGO.
Porque ellos siempre se agarran de las manos.
-Increíble como va aclarándose todo.
-La última parte parece sencilla pero no lo es. Dice que la virgen debe lanzar el grito de maldición ¿Pero a qué virgen se refiere?
-¡Ya lo tengo!- Gritó Tania- ¿Te acuerdas de aquella película donde por un conjuro unos niños desatan varios monstruos y para regresarlos, una virgen debe leer el rezo?
-¡Claro que sí! Eso es Tania, lo tenemos completo.
-Bueno, todo está aclarado. Te espero esta noche para que nos acompañes.
-¿No se molestará tu mamá?
-Tranquilo, déjame eso a mí.
Esa noche en casa de la familia Gutiérrez Martínez.
-No sé por qué me he dejado llevar por tus locuras. Esto no tiene sentido.
-Tranquila mami, tranquila. Ya casi son las doce.
-Bien pudimos hacerlo a las diez, yo tengo que trabajar temprano.
En ese momento tocaron a la puerta.
-¿Quién será a estas horas?
-Yo voy abrir- Dijo Tania- Sigue David, ya estamos listas.
-¡Tania, qué significa esto! ¿Acaso nos vas a poner en boca de todos los vecinos?
-Cálmate mamá, cálmate. David es mí gran amigo y yo le he contado todo y me ha apoyado en esto y en muchas otras cosas. Así que por favor, compórtate.
Los tres se encaminaron hacia el comedor. Doña Carmen y David se sentaron y Tania fue a traer a su padre. Cuando todos estaban en la mesa se agarraron de las manos. David observaba desde el otro extremo de la mesa. Faltaban cinco para las doce.
-David ¿No hay una oración o algo así previamente? ¿Sólo lanzar el grito de la maldición de la virgen?
Faltaban tres minutos para las doce. Agustín mantenía su mirada perdida, Doña Carmen cerraba los ojos.
Tania también los cerró y empezó a balbucear:
-Maldición… maldición… maldición.
-¡Así no Tania, con energía! Grito David.
-¿Y si nos oyen los vecinos?
-No importa ¡Date prisa que pasa el tiempo!
-¡Maldiciooón!
Silencio. Doña Carmen dijo.
-Yo sabía que íbamos hacer el ridículo. Tania ¿Será que tú no eres señorita?
-Mamá, cómo sales con eso ahora.
La joven empezó a llorar, faltaba un minuto.
-¡Pilas, Tania! ¡Inténtalo otra vez!- Gritó David- ¡Apúrate!
Tania lloraba, un temblor se apoderó de sus manos. Tenía las mejillas rojas de la ira.
-Tanto como me afané yo, tanta ilusión que tenía ¡Maldita sea! ¿Por qué, por qué?
Un nudo en la garganta sintieron los tres cuando escucharon a Agustín.
-¿Carmen, quienes son estos jóvenes que nos visitan?
Madre e hija corrieron y se colgaron de los hombros de Agustín.
5
Hacía dos meses ya de aquella reunión para deshacer el conjuro. Doña Carmen hacía los últimos retoques en el vestido de su hija. Habían escogido para la corte un traje de satín blanco, vaporoso y con muchos encajes, zapatillas doradas de tacón alto y muy delgado. En la cabeza remataba una bincha forrada en encajes blancos y sostenía a un lado una hermosa flor roja.
Sentado en una mecedora cerca de la puerta estaba Agustín. Una sonrisa iluminaba su semblante al ver cuan hermosa estaba su hija que parecía una ninfa. Él había llegado esa mañana de la clínica de reposo donde lo había internado su mujer para una completa recuperación.
Al momento llegó David quien se anunció golpeando con sus nudillos en la puerta. Aceptó ser el parejo de la chica y estaba complacido pues, además de que resultó ser una excelente bailarina en las prácticas, ahora veía qué hermosa estaba Encogió su brazo en señal de invitación y Tania se enlazó con él, radiante y esplendorosa en el día más feliz de su vida. Toda la cuadra estaba engalanada. Sus padres la vieron alejarse. Agustín rodeó a su mujer
por el talle y ella inclinó la cabeza sobre su pecho, giraron y se entraron.
-Bueno, tenemos toda la noche para nosotros. Ojalá no me quede dormido.
-Tranquilo, procuraré que eso no te suceda.
Había renacido la familia Gutiérrez Martínez pero, cosa rara, se les olvidó cerrar la puerta de la calle.
FIN
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